El timbre del jodido despertador despeja mi sopor tímidamente. Como odio ese trasto... Me levanto, como cada mañana, sobre las ocho. Me gusta sentir la brisa mañanera en el pelo cuando voy a lavar la ropa... o me gustaría de no ser porque está en el sótano del hotel. Es día de colada, sí, e ir temprano me alivia muchos quebraderos de cabeza. Que haya gente es uno de los mayores, nadie tiene porqué ver como meto en aquellos trastos infernales mis calzoncillos, ni cómo elijo suavizante de lavanda para ellos. ¿Cutre? Puede, pero me gusta.
Recojo toda la ropa que tengo tirada por la habitaión. ¿Calcetines en la pecera? ¿Qué hice anoche? Anda... ¿y estas bragas? Mías no son... yo sólo tengo un par y ningunas son rojas y con encaje. En fin, tampoco importa, las llevaré igualmente. Estará bien ¿cambiar? de vez en cuando... Me doy una ducha rápida. Una cosa es que no haya gente y otra que vaya a ir como un guarro. Afeitarme lo dejo para luego, que le den, tampoco voy a salir como un emperador de Malí. Me visto lo más cómodo posible: vaqueros y camiseta, unas deportivas sin calcetines. ¡Listo! Dressed to kill!! O quizá fuera más correcto: Dressed to wash!!
Salgo de la habitación en la que me alojo y me deslizo por el pasillo del hotel. Filas y filas de puertas quedan atrás con mi pesado caminar matutino para acabar embutido en el ascensor con aquella enorme cesta de ropa sucia. ¡Que coñazo resulta aquello! Y todo por mi racanería de no pagar el servicio de limpieza completo. Bueno, a lo hecho, pecho. Pulso el botón del sótano y veo como se cierran ante mí las puertas.
¡Ding, ding, ding! Me cabreo por el parecido del maldito timbre con el de mi asqueroso despertador. Demasiado odio acumulado contra aquel trasto infernal de la muerte mortal. Las puertas vuelven a abrirse ante mí, y.... ¡magia! Del pasillo donde está mi habitación he sido teleportado a un paraíso de telarañas y roña ilimitada. Irónico que aquello sea una lavandería necesitando tan urgentemente un lavado. Con un suspiro quedo me pongo a avanzar hacia los trastos demoníacos que aquí tienen el valor de llamar lavadoras. Aquellas monstruosidades de metal parecen cualquier cosa menos eso. Dejo la cesta en el suelo y me siento en la silla de esperar a que acabe de lavarse la colada para revisar la ropa sucia. Sí, sé que estoy incumpliendo las normas. No es la silla de sentarse a revisar la colada, sino la de esperar a que se acabe de lavar, pero... ¡hoy me siento rebelde, qué demonios! Está todo, es un alivio, así que me levanto y voy a buscar el suavizante olor a lavanda.
¿¡Cómo que no queda!? Estoy francamente cabreado ante la falta de previsión de este hotelucho. La siguiente vez me voy a otra ciudad con nombre ridículo, pero Tombuctú no más, ya ves tú. Vaya lugar del carajo, ¡tururú! Cutres... Y allí lo vi. Un pie derecho, el pie más hermoso y calloso que mis ojos viesen hasta el momento. Sentí mi corazón palpitar a mil por hora, y dado que seguía de pie enmimismado descarté infarto de miocardio.
Arrastraba una cestita llena de botas y deportivas, ningún zapato manchaba su vestuario. Sentí como si flotara, deslizándome por el suelo al avanzar hacia él, hasta que me tuve que agarrar a una lavadora, pues algún listo había dejado caer parte del suavizante al suelo. Cuidadosamente volví a caminar hacia él, apartando las mariposas que notaba revolotear en mi tripa, bajo la camiseta, comiéndosela poco a poco. Asco de polillas...
Así mi cesta de la ropa sucia y me acerqué a la lavadora contigua a la suya. Distraídamente comencé a llenarla de ropa, parando para mirarlo de refilón, regodeándome en su redondeado talón, en sus juguetones dedos, en su juanete.... en sus perfectas formas de pie. En un descuido logré apoderarme de un calcetín. Lo olí con ansia, deleitándome en cada matiz de su olor. ¡El éxtasis fetichista! Finalmente me decidí a hablar con él. Eso sí, con fingida timidez, no fuera a creerme un cualquiera.
-Hola, no te había visto antes por aquí, y yo soy asiduo a venir a estas horas. -
-Acabo de llegar, es mi tercer día aquí, pero se suda tanto... no puedo evitar poner dos lavadoras a la semana... ¿Y tú? Ya parece que manejes esto como un profesional. -
-Nah, llevo aquí dos semanas. Vine por placer, pero se ha cancelado mi vuelo tantas veces que decidí quedarme un poco más. Me dedico a eso, viajante por el mundo, aprendiz de la vida. Y dime.... ¿tú estudias.... o trabajas? -
-No, yo piso. -
-Ohhh, suena fascinante. ¿Y qué pisas? -
-Pues realmente es ocasional. Por aquí y por allá, donde me llevan. Unas veces piso sobre granito, otras sobre mármol. El asfalto no está mal, pero me encanta pisar por la montaña, o por la orilla del mar, en la arena. -
-Vaya, que romántico. ¿Y esos juanetes son todos tuyos? -
-Oh, que fresco, ¡pues claro! Yo nunca me operaría. Todo lo que ves es mío y sólo mío. -
-¿Sólo tuyo? Vaya lástima, lo que le niegas al mundo. -
Lo vi sonrojarse y me sonreí. Tras un rato charlando, me acompañó a tomar un café y logré calzármelo con unas botas, pero eso ya es otra historia.
PD: esto está escrito en honor de Aliena666, una vieja amiga a la que como no puedo dar un abrazo por estar lejos, le lanzo una de mis paranoias. Ella lo creía en broma, pero no sabe con quién se juega la cordura. ¡Va por ti enana!